Por qué la confianza es la base para la transformación social y el desarrollo
Hay una palabra que no suele aparecer en los planes estratégicos, en los proyectos educativos institucionales ni en las teorías de cambio de las fundaciones, y sin embargo determina si todo lo demás funciona. No se mide en los indicadores de gestión ni se firma en un acta, pero sostiene cada resultado: vive en el cuerpo de un colaborador, en la relación entre un docente y un estudiante, en el vínculo entre una organización y su comunidad, y vive también en los hogares de cada familia. Esa palabra es confianza, y quiero proponer una idea que va más allá de lo intuitivo:
La confianza es la base, no el complemento, de cualquier transformación social y desarrollo sostenibles. Y donde hay confianza, hay conexión. Juntas son la fuerza que sostiene a cualquier comunidad que quiere crecer.
Donde no se cultiva la confianza, se debilita la conexión
En Colombia atravesamos, con frecuencia, un clima de incertidumbre, división y miedo, donde la fuerza, ya sea la de la imposición o la de las armas, se ha vuelto demasiadas veces el lenguaje con el que se inclina el poder. El miedo puede ser eficaz a corto plazo: ordena rápido, obliga sin convencer, produce obediencia inmediata. Pero lo que consigue en velocidad lo pierde en profundidad, porque no construye vínculos duraderos.
El miedo también puede disfrazarse de cuidado. Promete protección, orden y certeza, y con esas promesas, una esperanza.
Una esperanza construida sobre el miedo suele ser frágil, porque ofrece resguardo mientras alimenta la misma desconfianza que dice querer curar.
Quien obedece por temor tiende a protegerse más que a comprometerse. Quien calla por miedo se contrae más que se integra. El miedo puede mover a una multitud, pero solo la confianza, sostenida por vínculos reales, puede sostener a una comunidad.
Quienes lideran organizaciones (empresas, colegios, fundaciones) operan, muchas veces, dentro de ese clima. Y la pregunta que vale la pena hacerse no es a quién culpar, sino algo más generativo: ¿qué necesitamos reconocer e integrar para construir entornos que conecten y dialoguen, en lugar de controlar y separar? La respuesta, afortunadamente, no exige grandes transformaciones de entrada: empieza por fortalecer vínculos significativos, esos actos cotidianos de conexión genuina que, sostenidos en el tiempo, devuelven la confianza.
Tres territorios donde podemos fortalecer la conexión
Muchos colombianos cargamos, en distintos grados, una memoria histórica marcada por la violencia. Es, para buena parte de nosotros, una huella que llevamos en el cuerpo, un hecho social que atraviesa a las personas que conforman cada equipo, cada aula y cada hogar, y que se manifiesta en cómo habitamos, con mayor o menor presencia, tres territorios. En cada uno de ellos hay también una oportunidad concreta de reconexión.
El primero es el cuerpo. Con frecuencia vivimos en alerta, más desconectados de lo que quisiéramos de las señales que nos regulan. Los datos invitan a la reflexión: el 80% de los trabajadores manifiesta estrés laboral¹, el 52% de los adolescentes entre 12 y 17 años presenta al menos dos síntomas de ansiedad², y el 44,7% de los niños, niñas y jóvenes muestra indicios de afectaciones en su salud mental³. Detrás de cada cifra hay una persona que busca, sin siempre lograrlo, un descanso real. Y así como el cuerpo puede desconectarse, también puede reaprender a confiar: una pausa consciente, una respiración compartida, ya son un comienzo.
El segundo es el vínculo con el otro. La pantalla ocupa, cada vez más, lo que antes ocupaba el encuentro: los menores entre 3 y 17 años pasan en promedio cerca de 9 horas diarias frente al celular y el televisor⁴. Esa misma dinámica que se cuela en los hogares llega después a las aulas y a los lugares de trabajo, y a veces aprendemos a estar cerca sin estar del todo presentes. Pero basta una conversación real, sin pantallas de por medio, para recordar lo que significa la presencia compartida.
El tercero es el territorio: el vínculo con lo que nos rodea, el ecosistema al que pertenecemos y que incluso nos define como país. A veces desconfiamos de lo que no conocemos, y esa desconfianza puede extenderse también a la naturaleza, a lo salvaje, a lo que no podemos predecir ni dominar. Así, algunos dejamos de habitar plenamente nuestro propio entorno, y aprendemos a mirarlo con distancia en lugar de pertenencia. Y sin embargo, un encuentro en un espacio natural para recordar ese vínculo esencial.
Estas tres dimensiones no son problemas separados. Son, con frecuencia, la misma herida vista desde tres ángulos, y comparten también la misma raíz de regeneración: Cultivar la confianza fortalece la conexión, y fortalecer la conexión, a su vez, devuelve la confianza. Es un círculo virtuoso que cualquier organización, colegio o familia puede empezar a activar, a su propio ritmo.
La confianza es una decisión estratégica
Quienes lideran lo saben, aunque no siempre lo nombren: la confianza no es solo un sentimiento que ocurre o no ocurre. Es también una decisión, y tiene consecuencias concretas.
En las empresas, los equipos que trabajan en entornos de alta confianza tienden a ser más productivos, retienen mejor el talento y viven con menos estrés. La confianza no es un valor decorativo para el discurso de fin de año: es uno de los factores que determina si las personas dan lo mejor de sí o simplemente cumplen. Y casi siempre, detrás de esos resultados, hay un vínculo significativo que los sostiene.
En las organizaciones educativas y las fundaciones, el patrón se repite. Pocas innovaciones pedagógicas, por brillantes que sean, prosperan sobre un vínculo roto. Es difícil aprender donde no hay confianza, y es difícil transformar una comunidad a la que no se le ha ganado la confianza primero.
Y la confianza tiene raíz temprana. Lo sabe cualquiera que haya criado o acompañado a un niño: la seguridad que un pequeño siente en sus primeros años influye en cómo se relacionará con el mundo el resto de su vida. No hace falta ser perfectos; reparar después del conflicto es, en sí mismo, una forma de construir confianza.
Empresa, espacios educativos y hogar: una misma raíz silenciosa puede sostener los tres, y donde se cultiva, las personas florecen y los resultados mejoran.
El regreso a la confianza y la conexión
Venimos, en buena medida, de un contexto que nos ha enseñado a separar, a desconfiar incluso de aspectos de nosotros mismos. Y frente a eso, fortalecer la confianza y la conexión es el camino más directo para regresar a lo que alguna vez se fragmentó: el cuerpo, el vínculo con el otro, el territorio que habitamos.
No se trata de una confianza ingenua, sino de la que nace de reconocer lo que nos duele o nos incomoda, de sostener conversaciones donde las diferencias se vuelven el activo de la creatividad y no el motivo de la ruptura. Es también la confianza que nos permite acercarnos de nuevo a nuestro entorno con curiosidad y asombro, en lugar de distancia o temor. Y, ojalá así, volver a mirar al otro, y a lo que nos rodea, sin contraernos.
La confianza no es ausencia de miedo. Es la capacidad de atravesarlo juntos, reparando lo que alguna vez se fragmentó y resignificando lo vivido en el proceso.
Por eso las empresas, los colegios y las fundaciones que deciden cultivar la confianza obtienen mejores resultados. Y un resultado no se mide solo desde la mirada cuantitativa, sino también desde la cualitativa: aquella que reconecta a las personas con su cuerpo, con sus vínculos y con el propósito que da sentido a su trabajo.
Vale la pena entonces preguntarnos: ¿cómo está hoy nuestra relación con el cuerpo, con el otro y con el territorio que habitamos? Cada uno de esos tres lugares guarda una oportunidad distinta de acercamiento, y reconocerla es ya un primer gesto de confianza y conexión que podemos ofrecernos.
Esa es, para nosotros, la verdadera base para la transformación social y el desarrollo.
Fuentes
- Ministerio del Trabajo / Team Consultor (2024), El 80% de los trabajadores en Colombia experimenta niveles elevados de estrés laboral. Reportado por El Tiempo: https://www.eltiempo.com/salud/el-80-de-los-trabajadores-en-colombia-experimentan-niveles-elevados-de-estres-laboral-como-reconocerlo-3386612
- DANE, Salud mental en Colombia: un análisis de los efectos de la pandemia (Encuesta Nacional de Salud Mental). El 52,2% de los jóvenes de 12 a 17 años presenta al menos dos síntomas de ansiedad: https://www.dane.gov.co/files/investigaciones/notas-estadisticas/ago-2021-nota-estadistica-salud-mental-en-colombia-analisis-efectos-pandemia.pdf
- Ministerio de Salud y Protección Social, citado por UNICEF Colombia, «De salud mental sí hablamos» (2024): https://www.unicef.org/colombia/comunicados-prensa/de-salud-mental-s%C3%AD-hablamos-unicef-colombia-propone-abrir-una-conversaci%C3%B3n-sobre
- Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC, 2025). Niños y adolescentes entre 3 y 17 años pasan en promedio 8,9 horas diarias en el celular y 6,1 en televisión. Reportado por El Espectador: https://www.elespectador.com/salud/tiempo-en-pantalla-en-ninos-y-adolescentes-en-colombia-casi-9-horas-al-dia-y-sus-riesgos/